Por Augusta Alemparte
@vivirconsciente

Cocinera Natural y Coach en cambios de Hábitos

Dentro de todo lo inesperada, caótica y desordenada que puede ser la vida, con sus ires y
venires, con sus cambios de ánimo, sentimientos y emociones, encontrar pequeños espacios
de tranquilidad, orden y organización es encontrar un lugar seguro, una bahía en calma para
echar tu ancla, una estructura estable para que todo lo demás pueda fluir con libertad.
Cuando nacieron mis niños hubieron dos corrientes fuertes de opinión de las personas
cercanas, de los libros que leía o de los comentarios que escuchaba. Por un lado estaban los
que decían que había que dejar que todo se fuera amoldando, que todos los días eran distintos
y que debíamos adaptarnos a sus ritmos, y por otra parte, escuchaba que la rutina era esencial,
marcar horarios, marcar luminosidad y oscuridad según la hora del día, porque eso iba a darle
seguridad a mis niños.
Entre ires y venires, dándole vueltas a todo esto, me fui dando cuenta de que la combinación
era lo que me acomodaba y me hacía sentido. Y que importante es ir por la vida haciendo las
cosas como a uno le hacen sentido!
Entonces descubrí que esa era la forma en que yo no sólo quería estructurar el andar de mis
niños (mientras vivan bajo mi alero), sino que también me acomodaba para mí. Soy buena para
las cuadrículas, la agenda, el despertador (en días de semana) y las listas, me gusta el
refrigerador ordenado, la despensa bien abastecida y cada cosa en su lugar, me cuesta
reorganizar la cocina o mi closet, porque la costumbre de saber que todo está en su lugar me
hace estar a salvo, estar segura y poder navegar de mejor forma cuando hay poco tiempo,
cuando las cosas se desmoronan, cuando no ando con ganas de pensar mucho o cuando
quiero que todo fluya en calma y tranquilo… es decir, siempre!
Por eso la rutina ha sido clave, organizar horarios, comidas, días en que se compra frutas y
verduras, y todo lo que implique un esquema. En ese marco, con límites definidos y claros, se
mueve todo lo demás, se navega y se goza, se desordena (y se vuelve a ordenar), se
desestructura, para disfrutar después la vuelta al esquema.
Y he visto cómo ese marco ha sido clave en mis niños (y en mi matrimonio). Después de un fin
de semana desordenado, caótico y entretenido sabemos que vendrá la calma del domingo por
la tarde, con una ducha calentita, un té-comida, la lectura de un libro y una luz que se apaga
temprano. Son pocas las veces que cuesta que entremos en esa dinámica, es nuestro lugar
seguro y lo disfrutamos.
La invitación queda abierta para encontrar esos espacios seguros, para entregarnos calma en
medio de la tormenta, para saber que siempre podemos volver a ellos, porque estarán allí para
nosotros, esperándonos… esas rutinas que algún día nos pusimos y que hoy día nos resultan
imposibles, puede que nos regalen esos momentos de paz. Esa infusión calentita de cada
noche antes de dormir, esas dos páginas que alcanzamos a leer de un buen libro antes de
apagar la luz, ese despertador temprano (unos minutos antes de lo necesario) que nos permite
respirar profundo un par de veces y abrir los ojos con calma, esa lista de quehaceres que nos
permite vaciar la cabeza y dormir mejor. Rescatemos esos rituales cotidianos, que son como
piezas de puzzle que van armando la calma, que se pueden desordenar una y mil veces, pero
que después vuelven a su lugar… ese lugar que nosotros escogimos, alguna vez y por algún
motivo.

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