Por Camila Ahrendt / Bióloga Marina, Exploradora y Científica Chilena
@camila_ahrendt

En numerosas experiencias que he tenido estando en el mar, he podido presenciar aguas limpias, aguas sucias, aguas que hablan con tan sólo mirarlas.

Desde hace aproximadamente dos décadas, las aguas del mundo están botando en las playas todo lo que no pertenece a sus ecosistemas: el plástico, el petróleo, los restos de embarcaciones, cabos, redes de pesca, y tanto más. Como bióloga marina, he estado a cargo de investigaciones científicas en el océano y he estudiado varias veces la presencia de partículas de plástico en la superficie del mar. Partículas que no son visibles a simple vista. Es decir, no las podemos ver si no es con un microscopio. He quedado tan impresionada con esos estudios, porque hay mucho en el océano que no podemos ver a simple vista, pero no significa que no exista.

El ser humano, como especie, tiende a lo largo de la historia a separarse de su entorno. A usar a conveniencia lo que “le sirve”, no preocupándose por qué va a pasar con todo aquello que no le sirve más. Ahí radica uno de los síntomas más complejos de la sociedad moderna: Conseguir a toda costa lo que el ser humano quiere y despreocuparse del resto.

La era moderna es un reflejo de cómo estamos viviendo interiormente. Por eso volvamos al mar: El mar no aparenta. El mar en su lenguaje, nos hace saber qué le pasa. Las aguas y todos los seres que habitan el océano están hablando. Hay un lenguaje que reside en el planeta desde hace mucho antes de que nuestra especie apareciera. Pero no lo podemos entender bien, nos cuesta escuchar, nos cuesta observar, nos cuesta frenar y por supuesto que nos cuesta empatizar. Seguimos capturando especies del mar para abastecer las grandes metrópolis. Nuestra alimentación no está asociada a la subsistencia como era antes, ahora se come del mar incluso por gusto o lujo. Con todo el descarte que eso conlleva. Los recursos terrestres y los recursos marinos son limitados. El mar ya está suficientemente impactado y presionado negativamente todos los días y todas las noches, como para que sigamos con faltas de empatías que sólo provocan aumentar el desequilibrio. Invito a que elijamos formatear nuestro pensamiento hacia lo que nos “da” el planeta. Nada de lo que existe en la naturaleza debe nacer ni desarrollarse para satisfacer al ser humano. Y porqué? porque somos sólo una especie más, sin pleitesías.

Nuestra alimentación es el motor de nuestra vida: una buena alimentación nos nutre, nos hidrata, nos cuida, nos hace fuertes e incluso cuida nuestra energía que es ese campo sutil invisible al ojo humano.

            ¿Qué estamos comiendo? Vale la pena preguntarse. ¿Qué estamos comprando? ¿A quién se lo estamos comprando? Repensar lo cotidiano. Ese acto que muchas veces lo hacemos rápido por cumplir las necesidades y los ritmos de la modernidad. Sin embargo, invito a que pensemos, invito  a que cocinemos con ritmo. Que mezclemos colores. Que agradezcamos cada aroma. Y que si vamos a comer del mar, nos informemos de dónde fue extraído ese alimentos, cuál fue el proceso de captura, si ese alimento que está en el plato cumplió con las vedas establecidas y también que reflexionemos a qué área del sector extractivista estamos apoyando. Nuestra compra es un voto, es apostar a alguien que juega en una de las piezas de todo el rompecabezas. Por eso elijamos de forma informada. Que los cambios que trae el 2020 sean para que frenemos y repensemos nuestro ritmo tan acelerado y desconectado al momento de comer. Todo lo que nos rodea tiene un sello propio de energía, devolvámosle buena energía también, compensemos todo los regalos que tenemos 24/7, igualemos lo que recibimos por parte del planeta con eso que podemos ofrecer.

Este es un texto que quise escribir saliéndome de lo científico y vibrando más desde mi corazón. Hay cosas que la ciencia no puede explicar y así está perfecto.

Con amor, Totó.

Fotografía de @piamelero_fotografia

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